Y odiaba a cada persona que veía por la calle. Miraba sus rostros de persona vulgar, los miraba y percibía que cada uno de ellos llevaba tatuada la palabra perdedor en su frente. Y suplicaba para no ser como ellos.
No quería parecerse lo más mínimo a estas personas sin ningún tipo de aspiración, suplicaba, tenía miedo de perder cualquier atisbo de rumbo en su vida y limitarse a vagar sin dirección ni destino. Suplicaba para nunca deambular, no perder nunca toda la ilusión. La ilusión que riega bosques y llena océanos, que nos empuja al vacío para tomar las riendas de nuestra existencia.
No quería verse corrompido y perder cualquier motivo para vivir, pues no saber para que se vive significaba para él una vida miserable sin sentido de ser vivida.
Y los despreciaba por ser cómo eran, si por él hubiese sido todos hubiesen muerto.
Los odiaba con toda su alma, esas alimañas perdidas en un mundo hecho por hombres del cuál se aprovechaban y pudrían día tras día. Y suplicaba con todo el pesar de su ser y toda la tristeza que emanaba del pueblo que imploraba ayuda, para no convertirse en uno de ellos, él no quería ser uno de ellos, juró que no sería nunca uno de ellos.
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